De hecho, uno de los problemas que tenemos en México es que primero buscamos en nuestro entorno aquello que pueda servirnos como respuesta a la pregunta de por qué no hacemos mejor las cosas, y ya después que encontramos algún buen pretexto, vemos si a pesar de él, podemos avanzar. Pero, por lo pronto, nos curamos en salud.
No quiere decir lo anterior que no sea indispensable que los gobiernos, desde el federal hasta el municipal, hagan mejor su trabajo. Es crítico que lo hagan.
Pero también es un hecho que en las empresas tendemos a pensar que estamos haciendo las cosas bien y que si no se pueden hacer mejor es porque los burócratas nos estorban.
Hay razón en lo segundo. No en lo primero.
Insisto en que los gobiernos tienen que hacer su tarea, pero la clave para que una compañía funcione bien es responder a la pregunta de cómo se puede mejorar la productividad y la competitividad aun si no hubiera cambios favorables en el entorno.
Una de las condiciones para conseguir un mejor desempeño de los empresarios mexicanos y sus empresas es desterrar la idea de que cada 6 años hay la esperanza de que ahora sí venga el salvador de los hombres... productivos a realizar las esperadas reformas estructurales que necesitamos para que el País llegue al paraíso.
Lamento decepcionar a quien así piense, pero ninguna reforma va a ser suficiente para dar un vuelco en productividad y competitividad.
Es más, puedo apostarle a que si hay reformas, habrá muchos que practiquen el deporte de encontrarles todos los defectos posibles y explicarán entonces que no pueden mejorar en su productividad porque los cambios requeridos fueron mal hechos.
No hay que darle más vueltas. Sólo en la medida en que en las empresas haya una cultura en la que cada integrante de ellas se pregunte de manera permanente respecto a las posibilidades de producir más y mejor con menores gastos, podremos tener una dinámica económica diferente.
Eso implica un cambio en la visión de quienes forman las empresas, comenzando con los que las encabezan. Y eso es quizá lo más complicado de todo.
Y no me estoy refiriendo sólo al capitán de la industria que dirige un emporio de miles de trabajadores, sino, sobre todo, a los miles y miles de patrones que comandan la base del tejido productivo del País: las micro, pequeñas y medianas.
Hay dos elementos que deben confluir: la comida y el hambre.
En otras palabras, muchos empresarios deben verse ante la disyuntiva de cambiar su modo de operar las empresas o simplemente no sobrevivir económicamente. Esa es el hambre.
Ojalá funcionáramos de otra manera, pero en buena medida, los seres humanos aceptamos perder los hábitos que nos dan comodidad sólo cuando nos vemos empujados a ello.
El Gobierno federal y las empresas más grandes -que sí se han montado en la globalización y han disparado su productividad y competitividad- tienen la responsabilidad de destinar recursos, interés, energía y tiempo a permear esta visión entre las empresas más pequeñas.
Por ejemplo, si muchas no logran calificar como proveedoras de las más grandes porque no tienen estándares de calidad, las más grandes y el gobierno mismo deben destinar recursos al desarrollo de esos proveedores identificando quiénes potencialmente pueden serlo e invirtiendo en ellos.
No habrá mejor inversión
Jorge Zárate Montaño
DIRECTOR
IESDE
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